Pareciera que todos sabemos apreciar lo valiosa que es la inteligencia, sobre todo cuando es en extremo brillante, pero en una reflexión sincera esta seguridad se puede tambalear.

Los seres racionales, por más que se encuentren privados de sus facultades mentales, han sido elegidos por la naturaleza para un destino distinto al de las bestias que únicamente pueden seguir los dictámenes de sus instintos. El objeto del privilegio intelectivo no parece ser material, pues qué necesidad tiene el mundo de la materia para evolucionar hacia un ser con inteligencia, si los seres inteligentes mueren como cualquier otro ser vivo. La muerte no puede ser una meta, pues no tiene sentido construir para destruir.

Tampoco parece encontrarse cuál es la función de la inteligencia en el equilibrio ecológico de la Tierra, pues el ser racional la destruye. Eso indica que tiene necesariamente un destino diferente que el de ser un simple eslabón.

De no haberse dado el fenómeno de la inteligencia en la Tierra, por más que se diera la vida irracional o animal, carecería de sentido un insconciente mundo material. No es lógico que el Universo exista nada más porque sí y que sólo cambie de apariencia en lo que nace y muere. Es decir, tal como una plastilina que constantemente se retuerce para mutar de forma, ni menos que esto ocurra a los ojos de nadie y en beneficio de persona alguna.

Se ha creído que la inteligencia tiene como objeto la felicidad de los racionales, pero tan feliz como desdichado puede ser un perro que un hombre en este mundo de contrariedades, donde finalmente ambos han de sucumbir. Muchas veces es más fácil encontrar la felicidad con la fe de un ignorante que con el culto entendimiento de los sabios.

En todo caso, si el objeto de la creación entera no se justifica por su corrupción final, siendo la inteligencia su obra magna, ésta debe necesariamente estar abocada a su plena satisfacción; no en este mundo de la materia donde no la encuentra, sino en la inmortalidad de su espíritu.

Entonces, el objeto de la inteligencia humana consiste precisamente en encontrar el motivo de su superior destino y el saber cumplir con las responsabilidades que a cada uno le corresponde enfrentar. Decía el doctor Víctor E. Frankl, fundador de la logoterapia: “En realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros”. Ese es pues lo que nos parece ser la verdadera trascendencia de la inteligencia.

No pretendo sacar de contexto las palabras de Frankl, cuya intención en ese momento no era darles necesariamente un sentido religioso, sino más bien práctico; empero, tienen plena aplicabilidad si pensamos que no es en vano que la vida inteligente se haya dado.

No busquemos más el brillo de la inteligencia en el candoroso sol, recojamos el espíritu en nuestros adentros como predicaba Krisna en los albores de las grandes culturas religiosas, pues es ahí donde encontraremos la fuerza y la explicación de nuestro destino, porque no está en la materia descubrir sus causas, sino en el éter espiritual que anima nuestro entendimiento, más allá de los placeres del cuerpo, más allá de sus pesares, pues su luz no viene del universo inconciente, sino de la esencia divina que nos regaló el don de comprender y querer.

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